El año de la pandemia

P.S. Beatriz “Betty”  Herberth

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”

 

Enrique Pichón Riviére 

Covid 19, la enfermedad 

Raro nombre éste para los uruguayos de un virus, una enfermedad, una pandemia ¿porqué?… Porque desde hace décadas existe en Uruguay un movimiento social por el acceso a la vivienda popular que creó y desarrolló la cooperativa de vivienda por ayuda mutua. ¿Qué es? Es un agrupamiento de personas que a través de créditos del estado, compran terrenos adecuados a la construcción de vivienda (en lo posible nunca menos de cincuenta) y con ese mismo crédito comienzan la construcción de las viviendas en su tiempo libre. Todos trabajan y suman horas sin saber la casa de quién están construyendo, si la suya o la de otro cooperativista.

Al ser cooperativas, la inmensa mayoría se llaman Covi… tal cosa, de ahí el chiste en Uruguay, ¡este virus es cooperativista pero jodido! ¡¡¡Covid 19!!!

En Uruguay se manifestó de una manera sorpresiva para la mayor parte de la población. Artículos de prensa, comentarios sociales, en medio de un cambio de gobierno con perfiles políticos opuestos, pautaron la desinformación y la duda entre la población, del alcance de este problema sanitario.

Pero como solo se necesita una mariposa para generar el efecto, una integrante de las clases adineradas llegó de las zonas infectadas europeas y en ejercicio de una soberbia absoluta, no respetó la cuarentena y concurrió a una fiesta de casamiento donde contagió a más de 200 personas. Hizo aparición la soberbia y no se quedó solo en los participantes de la fiesta, trabajadores del catering, personal doméstico a cargo de los festejantes, choferes, asistentes, limpiadores fueron víctimas de semejante abuso y desidia.

El comportamiento social en general 

La sociedad reaccionó de maneras diferentes, la clase adinerada hizo caso omiso en su gran mayoría al pedido de aislamiento en los domicilios por parte del gobierno (aquí no hubo ni hay cuarentena obligatoria, es opcional). La misma persona que participó y contagió tanta gente en el casamiento siguió con total liberalidad sus movimientos, infectando no solo a sus hijos, sino al personal doméstico a su cargo, aduciendo su libertad de movimiento ya que no hay ni ley ni decreto que le limiten. El egoísmo y la soberbia en su máximo esplendor.

La gran mayoría, en función de lo reiterado una y otra vez por los medios masivos de comunicación, se manifestó a partir del miedo y se recluyó voluntariamente, pretendió ampliar sus elementos de cuidado cotidianos y buscó en el papel higiénico, los barbijos, guantes y el alcohol en gel la protección final ante la pandemia.

Por supuesto que lo primero que se manifestó fue la falta de solidaridad y en pocas manos (las de la misma clase adinerada) se acumularon enormes cantidades de estos productos hasta generar un faltante que afectó a los propios servicios de salud.

Como consecuencia complementaria de la presencia del virus se afectó el empleo, primero el informal (en negro), luego el formal primario, después el prescindible y ahora estamos casi todos afectados.

Esto genera incertidumbre, miedo, desconfianza, preocupación, angustia y esperemos no llegar al pánico. Aquí hay uno de los puntos de acción inmediatos para que los psicólogos sociales podamos incidir, el comunicarnos desde cada lugar para tratar de lograr que todos estos factores tengan la mínima incidencia en el colectivo y revertirlos en lo posible.

Otro comportamiento social, a diferencia del anterior fue el de las clases populares, como en épocas de crisis anteriores (recordemos el principio de los 2000) surgieron las “ollas populares”, centros culturales, deportivos y sociales se pusieron al hombro el hambre de los desocupados.

Cientos de personas se dedicaron a pedir contribuciones, aportes, alimentos, elementos de higiene y protección del hogar, para garantizar una o dos comidas diarias completas y los elementos necesarios para la higiene personal y del hogar a los más desamparados. Esto demostró que más allá de las cifras oficiales, aparecieron sólo en Montevideomás de 400.000 personas con las necesidades básicas insatisfechas y que no tenían aseguradas las cuatro comidas diarias en la mayoría de los casos.

Son incalculables las anécdotas, los comentarios, las historias, lo importante es ver cómo la premisa de Pichón Riviére se cumple de manera espontánea a partir del pueblo que él tan bien interpretó.

Hoy nos encontramos con un juego increíble de acciones, por un lado el gobierno, en un acto de contradicción, asume y amplía los alcances de un Ministerio de desarrollo social que cuestionó y consideró inútil cuando era oposición, buscando llegar a quienes están registrados por su situación socioeconómica ya relevada por el mismo ministerio. Por otro lado tratando de alcanzar a quienes no están registrados y en dificultades, con muy escaso éxito ya que las exigencias del ministerio no están a la altura de las circunstancias (léase llegada a formularios, condiciones para acceder, internet, etc.)

Lamentablemente los mensajes contradictorios del gobierno no permiten que la población tenga un comportamiento homogéneo que permita a las autoridades sanitarias encara con éxito un eficiente plan de acción.

No obstante una importante mayoría de la población, gracias a las redes sociales ha adquirido una conciencia relativa de la magnitud del problema y hace una cuarentena voluntaria, tratando de minimizar al máximo los contactos interpersonales de riesgo.

Mis vivencias personales

 Vivo a 60 kilómetros de la capital, en una zona balnearia. Para quienes no conocen, Uruguay tiene costas balnearias por miles de kilómetros desde la costa del río Uruguay hasta la Laguna Merín en la frontera con Brasil. Una avenida y una rambla surgen desde el centro de Montevideo y siguen tal diseño que unen toda la costa balnearia desde Montevideo hasta Maldonado (Punta del este) y un poco más.

Pues bien, desde hace semanas el Gobierno insta a la población a llevar adelante una cuarentena voluntaria, quedándose en sus casas (nunca aclararon “en su casa de todos los días, no en las de veraneo, ni en sus quintas de reposo”) cuestión que no se ha cumplido más que escasamente. En mi “barrio” (lo pongo entre comillas porque todo el balneario, sería un pequeño barrio cualquiera de un balneario de Buenos Aires) en esta época somos poquitos, quizá un poco más de 600 vecinos permanentes.

Un día salgo al jardín y veo con sorpresa que los vecinos de al lado estaban limpiando, me oyeron y se acercaron a hablar, que como estaba la cosa se habían venido, que fijate vos como está la cosa, entonces mejor estar acá y yo con toda la sorpresa en los labios les increpé que hubieran venido: “si ustedes viven en Montevideo ¿qué hacen acá?, se tenían que haber quedado en su apartamento y no repartiendo posiblemente contagios”, bueno, fijate, vos sabés, que estar en un apartamento…” Reverendas bol… tonterías… no respetaron nada y sin saber si eran transmisores se vinieron para protegerse exclusivamente a ellos, sin pensar que podían ellos mismos, contagiar a otros.

Esto se amplió al llegar la semana santa o de turismo como la llamamos nosotros, el barrio se llenó de gente que vino en plan de vacaciones, acumulándose en las ferias y en espacio públicos, de no ser que los comerciantes resolvieron no permitir más de dos o tres personas a la vez en  sus salones, seguramente se agolparían en los supermercados para hacer sus compras ¡como será que protestan porque los restaurantes no abren!

Aquí también se ha manifestado el espíritu solidario en la zona más humilde, donde vive la mayor parte de las personas que son la fuerza de trabajo del balneario ya sea trabajando en los supermercados, almacenes, ferretería, estación de nafta, barracas de construcción, jardineros, personal de limpieza, etc., se ha instalado una olla popular para asegurar dos comidas diarias a las familias que se han quedado sin trabajo y el desayuno y la merienda a los peques.

Quienes no demuestran solidaridad alguna son los propietarios de viviendas de veraneo que sin cuidado alguno transitan sin tener idea de si son portadores o no del virus, la soberbia del poder económico sobre la sociedad toda.

La psicología social y la pandemia 

En primer lugar quiero expresar un deseo, espero que reconozcamos lo importante que somos los unos para los otros.

Esta pandemia, mirándola como experimento global, profundiza la individualidad y el egoísmo al quitarnos la mirada, la palabra, la cercanía del otro y la cuarentena (y la saturación de información real o falsa) mediante, provoca miedos tan hondamente contradictorios que hay que ayudar a que la gente se repiense a sí misma ¿vecinos de un edificio ordenándole a médicos y enfermeras que en cualquier momento pueden tener que atenderlos a ellos mismos no entrar a sus propios apartamentos por miedo al contagio?, es de locos.

La iniciativa de utilizar las redes sociales para interactuar, integrar y ayudar a ocupar el tiempo con cursos breves y gratuitos muestra una de las tantas facetas que la psicología social puede aplicar en beneficio de la sociedad.

La video llamada por ejemplo permite por lo menos escuchar y ver al otro, para sostener, contener y cooperar con él, para saber de su estado de ánimo, de sus alegrías y tristezas y ayudarle con las extrañaciones, que todos tenemos.

La comunicación a través de las redes se ha convertido, merced a los efectos de la pandemia, en un esquema referencial virtual que nos permite seguir manteniendo la tarea del gran grupo operativo en que se ha convertido nuestra sociedad, más allá de las limitaciones de movimiento impuestas por la cuarentena.

Incluso las demostraciones de solidaridad se adaptan a estas nuevas herramientas, ofrecimiento de medicamentos, de gestiones y mandados por personas que están autorizadas a movilizarse para personas en situación de riesgo, contención individual y colectiva ante las pérdidas y los miedos, en definitiva, seguir mirando por y sintiendo por el otro.

Conclusiones 

Una vez más la naturaleza pone a prueba a los seres humanos, lo mas maravilloso y lo mas mezquino de cada uno sale a la superficie, afortunadamente siendo lo primero lo más abundante.

A nosotros el día después nos mostrará en la sociedad un gigantesco grupo operativo con el que deberemos trabajar mancomunadamente para promover la tarea y romper los estereotipos que la pandemia, con sus efectos y consecuencias, ha dejado en evidencia.

La psicología social tiene mucho para pensar, proponer y hacer el día después. Pensar en proyectos inclusivos que permitan recomponer el tejido social afectado tanto por las políticas de estado, como por las decisiones empresariales que impactan e impactarán en el empleo de miles de personas, colaborar desde nuestra perspectiva para apoyar el desarrollo de esos proyectos y de las comunidades donde se lleven adelante. Proponer marcos teóricos que ayuden a la sociedad a reinventarse y reconocerse después del aislamiento y los miedos, ayudar a que la necesaria introspección individual y colectiva sirva para cambiar el paradigma que esta pandemia ha impuesto.

Y en el hacer, llevar la psicología social y el pensamiento de Pichón Riviére más que nunca a la gran mayoría de la gente, para demostrar que la psicología social puede incidir profundamente en la evolución sana y positiva de la sociedad al colaborar con el crecimiento personal y colectivo de sus integrantes.

Y por último, todo final nos lleva al principio, por eso reitero las palabras de Pichón Riviére, nunca tan acertadas y valiosas como en este momento histórico social:

 

“En tiempos de incertidumbre y desesperanza, es imprescindible gestar proyectos colectivos desde donde planificar la esperanza junto a otros”.

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