La verticalidad del Coordinador de Grupo

Desde la escuela de Psicología grupal de CHILE: Horacio Foladori

 

El enfoque clásico de los grupos operativos pone el acento en la unidad entre intervención e investigación. Así en la medida en que -por medio de la intervención de la coordinación– se esclarecen las determinaciones más inconscientes del proceder grupal se tiene acceso a material suplementario que da cuenta de sus procesos y de la manera en como ellos se encuentran determinados. La investigación es de la casualidad es de aquello que produce el movimiento grupal es del devenir del presente con miras a lograr su control o modificación en un cambio diferente previsto, planificado. En todo caso también es de la repetición del cambio mecánico de la imposibilidad de cambiar. En esta perspectiva el equipo coordinador cuenta con los instrumentos técnicos que posibilitan ese acercamiento (según el modelo de una telefoto) y ver más allá de lo que el grupo está en posibilidades de ver en ese momento. No escapa a esta visión las aportaciones de Goldman quien con sus conceptualizaciones sobre la conciencia real y sobre la conciencia posible establece parámetros para determinar que es posible ver por parte del grupo. No en vano también la supervisión técnica alude a ese ver más allá de lo que el equipo técnico está en situación de visualizar en ese momento.

Sostengo que este enfoque debe ser repensado por múltiples razones a saber:

1) La posibilidad de ver del equipo coordinador está determinada por su verticalidad. Es extraño que este punto de la verticalidad de la coordinación no haya merecido atención especial en la bibliografía pichoneana. Siempre se habla de la verticalidad de los miembros, de su conjunción con una horizontalidad donde determinada emergencia autoriza un nexo con lo inconsciente que debe ser decodificado. Siempre se pone el énfasis en las verticalidades paralelas y las determinaciones de ellas para lograr un asiento en la horizontalidad -indiscriminada por momentos- del devenir grupal. Y es casualmente en esa verticalidad de la coordinación que pueden descubrirse sus obstáculos. Aquellos que tiene que ver con la paternidad técnica, con las identificaciones, y, sobre todo, con sus inserciones institucionales, en primer lugar, su familia. Vale decir, las dificultades del proceso de esclarecimiento grupal pasaran irremediablemente por el rol fijo de la coordinación y esta visión más abarcativa, entrenada especialmente, supone también un entrenamiento en el no ver a partir del rechazo de determinadas teorías, marcos referenciales, ideologías compartidas o no y afiliación más a menos consciente a un imaginario social y a un modo de producción que lo determina; sino totalmente, al menos en parte. Sostengo entonces que esa verticalidad no es más que un nuevo lugar de desconocimiento de las determinaciones sociales que la coordinación por su verticalidad no están en condiciones de visualizar.

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2) La paradoja estalla sistemáticamente en todos los grupos, porque para saber sobre el grupo, se supone que ha y que preguntarle a la coordinación. Es ese el lugar indicado para detectar un saber imbuido de una cierta magia -diría Levi-Strauss- que le confiere un particular poder sobre el saber: seleccionar, buscar el ‘timing’, formular la intervención, evaluar su forma y grado de elaboración, etc. ¿Ahora bien, Como se puede saber sobre la coordinación en el proceso grupal? ¿De qué manera es posible aproximarse a lo que ocurre en ese rol tan difícilmente apagado o en erupción en momentos insospechados? Colocarse donde el paciente menos lo espera, decía Freud. En todo caso, sobre la relación del coordinador con el grupo opina el observador, en esa función; pero ello no desmarca al observador del mismo lugar de enclaustramiento en que esta el coordinador: el observador también está implicado en el proceso. Por tanto, salo puede saber de la coordinación el grupo. El caso es de que pueda manifestar ese saber, que pueda ser escuchado, que tenga acceso a un espacio grupal donde su participación opere también un esclarecimiento grupal, en sentido amplio, incluyendo a la coordinación. Esto tiene consecuencias imprevisibles, ya que habría que repensar el problema del dispositivo con toda su implicancia. Un dispositivo al servicio de una investigación viciada desde el inicio.

3) Si de investigación se trata conviene preguntarse quien investiga en el grupo. Se ha afirmado que el proceso grupal es esclarecido por la coordinación, se supone. También podría pensarse el opuesto; que es el propio grupo que se esclarece o se analiza a sí mismo, como decía Foulkes, para lo cual habría que comprender las intervenciones de la coordinación en términos de expresiones más o menos verbales con pretensiones -tal vez delirantes- de asumir un particular saber sobre el grupo. ¿De que se trata entonces? De pensar que la coordinación esta mucho más ‘metida’ dentro del grupo de lo que siempre hemos creído y considerado; es más, se debe poder dilucidar si la calidad de su saber no es expresión de la implicación que su verticalidad le determina. ¿Disolución del rol?  sin condiciones?

4) El requerimiento de un rol técnico se justifica por sí mismo: E1 grupo necesita que exista un lugar de donde pueda ser asesorado. En todo caso, la necesidad del rol técnico no debe condicionar la verticalidad de la coordinación. La ilusión es cuartiva; en base al supuesto saber de ese lugar es que el grupo funcionara. Esto parece bastante obvio. Lo que no resulta tan sencillo de entender es aquello que hace al imaginario de la coordinación, a ese lugar asumido desde donde se entiende que la lectura es posible, lectura que rechaza toda cuestión sobre el saber de la coordinación emanada del grupo. Lectura que se constituye en el mejor de los casos, en un emergente más del proceso grupal, de ninguna manera en la ‘lectura’. A mi modo de ver esto implica una serie de cuestiones técnicas que deben ser comentadas.

a) La formulación de la intervención en términos de interpretación (desde el mas allá) genera por un lado incomprensión para los no iniciados y rechazo. Cuando se trabaja con algunos sectores de culturas diferentes, la intervención analítica, en su formulación clásica (véase Gear y Liendo) genera desconcierto. Nadie sabe de qué habla el coordinador, mas allá de que haya dado cuenta o no de las ansiedades básicas y haya manejado un lenguaje accesible a lo grupal. Sin embargo, su construcción alude a una traducción donde en muchos casos no se puede ver la conexión. A su vez, la actitud que caracteriza al visionario lo desplaza fuera del grupo y genera en la coordinación el tener que recurrir a actitudes de seducción, chistes o al aislamiento (tómenlo o déjenlo, me vale) como una forma de ser incluido, en las ultimas.

b) Si la mejor intervención es aquella que no hay que no hacer, también la mejor interpretación es aquella que cuando se hace no se parece en nada a una interpretación. Dicho, en otros términos, porque no pensar el comentario de la coordinación de manera que hilvane el discurso grupal y que no lo corte. Porque no intervenir desde el grupo y no desde fuera de él. Porque no incluirse en términos de un sobrino más del pato Donald, completando una parte del discurso, en lugar de hablar desde el pato Donald.

c) Suponer que el grupo se analiza y se operativiza a sí mismo, es poder colocarse uno mismo en el grupo y pensar la intervención personal (desde el rol del coordinador) interrogando al grupo sobre la propia verticalidad, la que podría ser puesta de manifiesto. Esto no supone hablar de uno en términos históricos, sino abrir a asociaciones que podrían en todo caso esclarecer núcleos de problemática donde el propio coordinador aparece amarrado a la tarea latente.

La intervención del coordinador en Pichon-Riviere

Es conocida la mención de Pichón a la doble alternativa del coordinador: intervenir es para señalar o interpretar, lo cual alude a un modelo clásico dentro del psicoanálisis. Anzieu no deja de interrogarse sobre la pertinencia de la interpretación en situaciones de enseñanza. Su conclusión jerarquiza la interpretación por varias razones: La necesidad de esclarecer la transferencia, la necesidad de actuar sobre los fundamentos inconscientes de la enseñanza que permite o impide comprender el problema de que el inconsciente se manifieste en todas partes.

Por otro lado, la manera en como la interpretación es formulada toca directamente las conclusiones de Ezriel privilegiando el ‘aquí y ahora’ en toda situación grupal, y, agregamos, con mayor razón en las situaciones de los grupos de aprendizaje y de esclarecimiento.

Los instrumentos de la coordinación se reducen a introducir una visión jerarquizada en la horizontalidad grupal. Ahora bien, la intervención debe ser dirigida a esclarecer algún aspecto de la tarea a la que el grupo se aboca; en el decir de Pichón, poder dar cuenta de las resistencias frente al aprendizaje, apuntar al obstáculo epistemofílico, destacando las ansiedades implícitas en el proceso. Si hablamos de tarea conviene detenerse un instante para reflexionar acerca de su implicancia, vale decir, establecer las diferencias con otras formas clásicas, analíticas, de coordinación grupal. Y he aquí que Pichón introduce una importante innovación. Hacer girar el grupo en torno a la TAREA es poner el énfasis de la estructura grupal en función del trabajo, delimitar la dinámica a partir de las necesidades de la producción: Una visión materialista del grupo. La tarea se convierte entonces, en el decir de los institucionalistas, en el agente provocador, por cuanto genera sin más una situación de desafío: su abordaje requiere de una fuerte conmoción grupal. Ya no se trata del divague grupal sobre el que se esclarece un sentido latente; ya no se trata de descubrir una emocionalidad producida por el ente grupal a efecto de resonancia, rebote, anotación en determinada fantasía propuesta.

Menos aun de lograr una conjunción de aparatos psíquicos, al margen de sus determinantes sociales. Pichón insiste una y otra vez en el Factor Aglutinante, convocante, de liderazgo que la tarea presenta: el grupo se reúne en torno a un trabajo del psicoanálisis del cual la conciencia poco puede dar cuenta. Discriminar si el grupo está o no en tarea se convierte así en un encargo prioritario, tarea que el grupo asume en tanto compromiso compartido de realizarla. En el más puro sentido freudiano, Pichón parte de la superficie psíquica, de la conciencia, evitando como otros contemporáneos, dar cuenta de niveles profundos de una manera hasta salvaje.

En este marco, la coordinación se justifica por cuanto su cometido tiene que ver con una eficacia real: mostrar al grupo sus dificultades de frente al abordaje, incorporar paulatinamente diversos aspectos que van quedando raleados por los procesos dispositivos grupales, confrontar al grupo con su producción y mostrar su ECRO en operación el que daría cuenta de las posibilidades e imposibilidades de su accionar.

Por ello, si de la tarea se trata, no queda más que interrogarse sobre la misma, abrir una y otra vez el cuestionamiento de una acción que se desmenuza y la integra en un juego dialéctico permanente de metabolización y de producción. Sostenemos, por tanto, la tesis de que para Pichón la intervención del coordinador constituye el interrogante que emerge del proceso grupal. Más allá de la manera en que se la formula (y habría que discutir si la forma no podría ser invalidante de su espíritu), la intervención constituye el emergente grupal crítico, que problematiza la conclusión grupal: en el fondo no puede dejar de ser una pregunta sobre el cómo, el para qué, el porqué, el cuándo, etc.

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Esto no quiere decir que la coordinación es la única que puede hacer preguntas, en todo caso es una pregunta desde el sitio del ‘preguntón’ que por constituirse como tal, reniega de su lugar del saber, lo que no implica que un imaginario grupal le confiera dicho saber por saber, casualmente y contradictoriamente por saber plantear la pregunta. Es la pregunta que destruye el concreto pensado, que aborda una reestructuración del mismo sin dejar de generar cierta confusión grupal, ya que se demuestra de que forma la conclusión previa a la que se arribó no es otra cosa que un fenómeno ilusorio. ‘Cada vez que interviene el coordinador nos hacemos bolas’, da cuenta del desconcierto producido por una intervención que ha abierto más preguntas de las que ha cerrado. Por tanto, no se trata de explicar nada, menos se trata de construir linealmente; la construcción no puede ser más que un efecto de diferenciación apuntalada por una determinada resaca grupal, efecto de una desilusión producida. Preguntarse por la tarea, aludir a cierta desintoxicación eficientista, sumirse con el grupo en las profundidades de un desconocimiento que se amplía una y otra vez. ‘Salto al vacío o desarrollar el arte de no comprender’. Porque este pensar y sentir en el grupo y con el grupo la coordinación no puede interrogarse de afuera, en todo caso, si de un emergente se trata es porque su verticalidad resulta congruente con el momento grupal. A mi juicio, esta virtud pichoniana de descentrar la transferencia, la horizontaliza a la coordinación: el imaginario no es una cuestión del narcisismo de un individuo que sufre delirio de autor referencia, es un problema de accionar y de descubrir hasta qué punto todos se involucran en la producción y de qué manera las relaciones de producción pueden ser modificadas.

BIBLIOGRAFIA

(1)   Anzieu, D.: El monitor y su función interpretante, trabajo psicoanalítico en los grupos, S. XXI, México. 1978.
(2) Ezriel, H.: Notas sobre la terapia psicoanalítica de grupo: Interpretación e investigación, Dinámica de grupo y psicoanálisis de grupo, Limusa, Mexico, 1978.
(3) Foladori H.: Una experiencia didáctica grupal: entrenamiento en entrevista abierta, ‘Expresión Universitaria’, N° 3, UAEM, Cuernavaca, 1984.
(4) Foladori H.: Hacia una teoría de lo emergente en grupo operativo, ‘Ilusión Grupal’, N° 3 UAEM, Cuernavaca, 1990.
(5) Frydlewsky, L. y Pavlovsky, E: Sobre dos formas de comprender del coordinador, ‘Lo grupal’, N° 1, Búsqueda, B.A. 1983.
(6) Gear, M. C. y Liendo, E. ‘Psicoterapia estructural de la pareja y del grupo familiar’, Nueva Visión, B. A. 1974.
(7) Goldmann, L.: Las ciencias humanas y la filosofía, N. Visión B. A. 1978.
(8) Kesselman, H.: Pavlovsky E.; Frydlevsky, L: ‘Las escenas temidas del coordinador de grupos’, Fundamentos, Madrid, 1978.

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