MARISA WAGNER: CUANDO EL ARTE PUEDE SALVARTE

Carlos Luis Di Prato

Psicólogo Social, Operador en Salud Mental, y Escritor

Recuerdo perfectamente la primera clase que tuvimos con la docente Marisa Wagner. Fue en la Escuela de Psicología Social de la Patagonia (Río Negro) a mediados del año 2010. Estaba terminando el invierno, pero aún hacía frío y el cielo gris, encapotado, prometía un atardecer de persistente llovizna. No lo imaginé entonces, pero ahora al escribir me doy cuenta que ese fue el marco perfecto para una clase inolvidable.

Reunidos en el salón principal de la casona donde por aquel entonces comenzábamos adentrarnos en la Psicología Social de Enrique Pichón Rivière y Alfredo Moffatt, aquella tarde conocimos a esta nueva docente que nos visitaba desde Buenos Aires. A sus cincuenta y tantos años, con su voz cascada por el cigarrillo y su aire de rebelde setentista, Marisa nos cautivó desde el primer momento. Tanto es así que aún hoy, varios años después, cierro los ojos y me parece oír su frase de presentación: “Soy Marisa Wagner: poeta y loca”. Y no era un cliché. Ni le estaba dando un uso romántico a la frase. Nada de eso.

Las siguientes dos horas no se oyó un susurro. Solo la voz de Marisa narrando su testimonio de vida, fuerte, audaz, tremendo, desde los años pesados en la Argentina de los ’70 –esos años marcados por el terrorismo de Estado y la dictadura cívico militar- hasta las internaciones en varios manicomios durante los ’80 y ’90. Oír el relato crudo de esta mujer y sus vivencias desde “la panza del monstruo” –como ella definía vivir muros adentro de una institución psiquiátrica- creo que fue algo que nos marcó para siempre en nuestra formación profesional.

En una entrevista para el diario Página/12 había contado:

“Soy de una generación que puso el cuero, que pagó y seguimos pagando: mis compañeros con su vida, con sus hijos, otros buscando nietitos.”

Sobrevivió a la dictadura con sus persecuciones y torturas, pero su salud mental no resistió los cimbronazos del pasado. Tuvo varios brotes psicóticos, el primero en 1987, cuando tenía 33 años, y otros tantos diagnósticos equivocados. El suicidio de su entonces pareja fue el detonante del último de sus brotes. “La gente no sabe qué hacer, piensa que el loco tiene fama de matar a las personas”. Un día la detuvo la policía.

“Ingresé a la Colonia Montes de Oca casi desnuda, sin identidad conocida, con 20 kilos menos y lo peor que te puede pasar es que nadie te cree cómo te llamás hasta que disminuye el brote” … “Nuevamente fui NN, lo que era más enloquecedor porque NN era mi ex pareja, mis 14 compañeros desaparecidos y mis otros 30.000 compañeros”.

Cuando bajó el delirio agudo le creyeron que se llamaba Marisa.

Sumando los diversos ingresos, fueron doce años de internación en diversas instituciones para personas con sufrimiento mental. Y allí, en los momentos de lucidez, estando “compensada”, encontró refugio en la escritura de poemas como una forma de vomitar todas aquellas emociones fortísimas que habían detonado en su mente. Y también de denunciar los abusos, los abandonos y las ausencias que tantos otros como ella vivían a diario, más allá de los muros hospitalarios. Así surgió Los Montes de la Loca (un juego de palabras tomado del nombre de su lugar de internación tal vez más emblemático, la tristemente famosa Colonia Montes de Oca).

El libro es una colección de poemas que ilustran vivencias terriblemente dolorosas, pero por sobre todo, profundamente reales y de una sensibilidad única. Decía Marisa acerca de la publicación de su obra: “…es una forma de decirle a la gente: ¡Miren, los que estamos del otro lado del muro también somos sujetos, personas!”. Y precisamente a esos sujetos los llamaba “mis hermanos, los locos”: “Ellos me dictaron muchos de estos poemas. Sin decirme una sola palabra, me los dictaron. Esto no es literatura: es una parte de nuestra vida. Y es muy emocionante saber que hay quien quiere asomarse a ellos, a su dolor, a su humilde belleza y a su pasión.”

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Más tarde vendría su encuentro con Moffatt. “Alfredo Moffatt me facilitó un trabajo, un techo, comida”, contó en otra entrevista. Los años de internación y de sobremedicación dejaron secuelas: una disquinesia tardía, por ejemplo; pero ello no le impidió formarse en Psicología Social y, con el correr del tiempo, convertirse en docente e integrar el Frente de Artistas Externados del Hospital Borda. Con una adecuada contención psiquiátrica y medicación controlada, los efectos de la bipolaridad fueron menores.

Al concluir su testimonio aquella tarde gris y de lluvia, recuerdo que Marisa nos leyó algunos de sus textos:

Yo…

-esta mujer rota-

que a veces se despedaza aún más en la locura

la que emprende sigilosos, nocturnos vuelos,

sobre los nidos secretos de los monstruos.

La que suele mantener conversaciones largas

con el mismísimo demonio, mirándolo a los ojos.

Yo…

-este ángel mutilado, erróneo-

que arrastra su ala rota en los pantanos,

que camina lentamente

sobre brasas encendidas, sin notarlo, expiando

quién sabe qué pecado.

Que no se persigna jamás, ni se arrodilla

ante ningún dios de cotillón,

ante ninguna deidad de fantasía.

Quizás…

porque vi morir mis hombres mejores en la guerra.

Inocentes, desnudos, crédulos,

descalzos, casi desarmados

y jamás pude enterrarlos,

quiero decir, honrar la tierra con sus cuerpos niños…

hoy… sin embargo,

me inclino

-con la docilidad y elasticidad de un junco-

frente al milagro descomunal de tu ternura.

Con un sonoro y sostenido aplauso culminó aquella clase memorable que de manera determinante marcó nuestra incursión en la salud mental desde un abordaje social. Lamentablemente Marisa Wagner se fue de esta vida muy pronto, en agosto de 2012, a los 58 años. Tantas vivencias tortuosas marcadas a fuego en el alma y en el cuerpo fueron demasiado para su corazón inquieto y tenaz. “El arte tiene una función terapéutica, ayuda a que uno se reconstruya”, solía decirnos.

Hoy, ya recibido y siendo coordinador de un dispositivo psico-social para personas con deterioro cognitivo o en fases iniciales de Alzheimer, y también de contención para sus familiares y cuidadores, doy fe de la veracidad de sus palabras. Y cada vez que necesito “ponerme en los zapatos” de ese otro –padeciente- busco alguno de sus escritos y aún me parece oírla con su voz cascada recitando por ejemplo ese poema titulado Juego de Espejos:

Cuando se toca fondo

y se mastica el polvo,

te das cuenta, aprendés,

que aún no lo has perdido todo,

que hay más para perder,

que el fondo, en realidad, no tiene fondo,

que aún se puede descender

y descender.

Se piensa que ya no se puede estar más solo

Y, sin embargo, sí se puede…

hay más soledad, te lo aseguro.

Pero un día…

Un día cualquiera, se te da por mirarte en el espejo

(no abundan los espejos en el manicomio,

por razones obvias, se me ha dicho).

No importa, el espejo del que hablo, está en otro lado, adentro.

Y te das cuenta, por ejemplo,

que tenés dos piernas,

te las mirás, las sometés a prueba,

y te vas a dar una vuelta por el parque del hospicio.

Y te cruzas entonces, con otro espejo que deambula,

más valioso y fidedigno…

¡Y acaece la revelación!

¡Qué voy a estar sola… si somos

mil setenta locos acá dentro!

Y cuando nos juntamos los espejos

Uno le da coraje a otro y resistimos.

La subestimación.

La discriminación.

Los abandonos.

Pero, bueno, estas ya no son cosas de locos.

Marisa Wagner nos brindó una evidencia de primera mano de lo terapéutico que puede ser el arte: restaurador y a la vez dignificante. Y aunque ya no esté, su testimonio y su poesía desde “detrás de los muros” seguirán vivos por mucho tiempo.

Gracias. Y hasta siempre, profesora.

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