Contradicciones en un grupo.

Introducción. Dialéctica y Contradicciones.

Contradicciones en un Grupo

Introducción. Dialéctica y Contradicciones.

Fuente:1968grupalistabiblioteca

El método dialéctico es, como sabemos, uno de los pilares fundamentales de la Psicología Social. Tanto es así que, para nosotros, la tarea central de un grupo operativo está centrada en el análisis sistemático de las contradicciones. A este respecto dice Pichon-Rivière:

“Aprender a pensar en grupo operativo es reducir el índice de ambigüedad grupal a través de la resolución dialéctica de las contradicciones internas del grupo, que adquieren la forma de dilema, paralizando la tarea y produciendo enfrentamientos entre individuos y sus grupos. Estos enfrentamientos esterilizan la tarea y operan como defensa ante las situaciones de cambio”.

De esto deducimos que cuando estamos en presencia de un enfrentamiento de personas o subgrupos en el marco del grupo operativo, está en marcha una actitud resistencial frente al cambio, entendido éste como proceso modificatorio que tiene lugar cuando se transita hacia el logro de los objetivos propuestos o hacia la concreción del proyecto.

Si recordamos las leyes fundamentales de la dialéctica, encontraremos que la idea de proceso -es decir, la noción de que la realidad tiene un carácter dinámico- ocupa un sitial preferencial. Hablar de proceso supone hablar de transformación en el sentido del crecimiento, de desarrollo, de satisfacciones crecientes de las necesidades. Y si bien proceso subsume avances y retrocesos, cabría pensar en una resultante prospectiva.

Desde el punto de vista dialéctico, los procesos acontecen porque están motorizados desde una instancia universal presente en todo objeto: sus contradicciones internas, en el marco de un determinado intercambio con el medio que adopta la forma de lo que llamamos contradicciones externas.

Las fuerzas opuestas y en conflicto que dirimen las contradicciones, integran una entidad única llamada unidad de los contrarios. Y para que un proceso dado tenga lugar será preciso que ambas fuerzas estén presentes y en interacción.

Para que exista proceso, dijimos, hacen falta dos fuerzas en oposición; pero también es preciso que la contradicción se sostenga, que nunca se anule por aplacamiento de las entidades en lucha. Un viejo aserto dice “crecer es cambiar de conflictos”: en los grupos resolvemos una contradicción dando lugar a otra.

Desde esta óptica, todo proceso consistirá en una sucesión de contradicciones distintas; tanto se atenta contra el proyecto cuando las contradicciones se detienen como cuando se persiste en una misma contradicción.

Dado un par contradictorio, cada fuerza niega a su oponente. En los grupos, la resistencia al cambio niega al proyecto y viceversa, pero esta negación no debe alcanzar la supresión de uno de los polos, puesto que si así fuese todo movimiento quedaría cancelado. Ambas fuerzas buscan excluirse mutuamente, pero a los efectos del proceso se necesitan una a la otra momento a momento.

En virtud del principio de concatenación universal, todo objeto, todo fenómeno, depende en mayor o menor medida de los demás objetos y fenómenos del mundo real.

Para comprender algo siempre será preciso recurrir a dos ejes: lo genético y lo estructural.

Llamamos “lo genético” al análisis histórico del objeto, a la reconstrucción y estudio de su desarrollo desde los orígenes hasta el presente. 

Y llamamos “lo estructural” al análisis situacional, al estudio de sus características presentes aquí y ahora, y en relación a su contexto.

Recordemos también, el principio dialéctico de la acumulación cuantitativa y los saltos cualitativos. Las variaciones cuantitativas no determinan per-se una modificación de cualidad, salvo en función de montos determinados: algo puede ir acumulándose en un grupo sin que se instalen cambios substanciales, pero luego de un cierto nivel de acumulación se produce un viraje en términos cualitativos. En otras palabras, el objeto en cuestión se transforma en algo distinto.

En el mundo de los fenómenos psíquicos el salto cualitativo adopta el status del insight: luego de que cierto monto de información ha sido asimilado, se produce una novedad en materia de comprensión, de aprehensión; tenemos entonces la sensación de que algo ha sido mágicamente incorporado.

Las Contradicciones en el Grupo.

Las contradicciones principales que tienen lugar en cualquier grupo son básicamente cinco:

1. Sujeto – grupo

2. Lo novedoso – lo conocido

3. Proyecto – resistencia al cambio

4. Lo manifiesto – lo latente

5. Necesidad – satisfacción

Con frecuencia caemos en el error de calificar los polos de una contradicción en términos valorativos, olvidando que se trata de fuerzas parejas que están en pugna pero se necesitan mutuamente. Impediríamos el desarrollo de un grupo si prescindiéramos de un líder saboteador en beneficio de otro progresista. De ese modo estaríamos intentando una comprensión moral de las contradicciones.

Cuando enfocamos desde el lugar del coordinador las contradicciones grupales, debemos siempre particularizar lo universal, es decir, ponerle nombre y apellido a la situación.

No sirve de mucho referirnos, por caso, a la contradicción necesidad-satisfacción si no identificamos con exactitud qué tipo de necesidad busca, aquí y ahora, ser satisfecha.

De esta manera la contradicción deja de ser un concepto vacío para vestirse con el ropaje situacional de ese grupo en ese momento. Lo universal se ratifica y adquiere significación en la particularidad de cada caso.

Cuando hablamos, tomando la temática de Melanie Klein, de las posiciones esquizoparanoide y depresiva, aludimos a la escisión del objeto, a su clivaje entre lo bueno y lo malo. Demás está decir que cuando disociamos lo hacemos para comprender la realidad, para asimilarla con una cuota mínima de angustia, porque de hecho es menos inquietante una realidad escindida y controlada de acuerdo a un sencillo cuadro de valores que la que efectivamente existe, dialéctica y contradictoria. La disyunción “o” es más aceptable que la conjunción “y”; es por ello que, frente a ciertas novedades, preferimos localizar lo malo en un enemigo y reservar para nosotros mismos las cualidades a defender.

Lo que llamamos “maniqueísmo” tiene sus raíces en este modo de controlar al objeto.

En los grupos muchas contradicciones tienen lugar a un mismo tiempo, sólo que algunas emergen como figura quedando otras como telón de fondo. Ello no significa que la contradicción manifiesta sea la principal. Al mismo tiempo, uno de los polos de la contradicción puede aparecer como manifiesto, lo que no invalida que sea el otro el dominante. A veces aparece en la escena el miedo a la pérdida enmascarando al miedo al ataque, momentáneamente velado pero principal.

Cuando los grupos se inician, el predominio del individualismo y del polo subjetivo es contundente. Lo transferencial y lo proyectivo adquieren una relevancia notable. En ese momento el grupo externo, real, queda sepultado por el deslizamiento de los grupos internos, en tanto que las personas resultan veladas por los personajes internos de los integrantes. Las diferencias se privilegian por sobre las semejanzas, no hay mayores posibilidades de descentramiento, las necesidades no suelen ser reconocidas como comunes, priva la desmesura, la reacción desproporcionada, la confusión de destinatarios.

El miedo a la pérdida de la identidad es elevado.

Este es el punto de partida para que los integrantes caminen hacia el polo opuesto: la necesidad de formar un grupo, de ser reconocido y querido, de alcanzar los objetivos.

Es así como el miedo a la pérdida de la identidad comienza a transformarse en otro miedo: el de la desintegración grupal. Vemos cómo las ansiedades ligadas al ataque se convierten paulatinamente en temores de pérdida. Comienzan a borrarse las diferencias, a delinearse algunas semejanzas y, con frecuencia, se pasa rápidamente a una instancia de idealización grupal donde reina una igualdad rayana con la fusión.

El individualismo da lugar al grupalismo, y cualquier diferencia comienza a ser vivida como peligrosa para la integridad del grupo. Es entonces cuando las diferencias, insoportables en la interioridad del grupo, son depositadas afuera: surge el “nosotros” en oposición a “los otros”. Ya Sartre decía “para que un grupo se consolide hace falta un enemigo afuera…” Pero agregaba “…y un sospechoso adentro.” Aquí la diferencia, la ajenidad, puede ser depositada en el equipo de coordinación y hasta en un integrante capaz de asumir un chivato.

Sucesivas vueltas de espiral, signadas por idas y venidas entre un extremo y otro, determinarán una tendencia en la dirección de la integración grupal, de la instalación de la mutua representación interna, del pasaje de personajes a personas, del equilibrio inestable propio de un grupo en proceso.

No es raro que surjan los subgrupos antagónicos, entidades capaces de polarizar la contradicción en un sesgo -amenaza de ruptura-, y hasta de lograr un cisma -ruptura-, si no media una intervención adecuada.

Ninguna situación grupal es definitiva, sino momentos de un proceso siempre dinámico.

Es frecuente observar cómo, luego de una instancia de profunda comunión grupal -por ejemplo un laboratorio o una evaluación-, emerge el conflicto, la necesidad de la denigración, la merma del compromiso desde la palabra, la omisión o la ausencia lisa y llana.

El análisis de una crónica supone una sucesión de pasos simples, siempre ligados a la búsqueda de las contradicciones. Sin embargo, la realización efectiva de esos pasos supone cierta dificultad, la de pasar de la teoría a la práctica. Y esa dificultad no solamente se supera recurriendo a nuestro bagaje de conceptos, sino también con una buena cuota de creatividad. Habremos logrado cierto grado de pericia luego de someter la teoría a la prueba de la práctica y de enfrentarnos con variado éxito a numerosos casos singulares representativos del universo grupal.

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